Nuestra recomendación literaria: La puerta que se cierra. Y entrevista con su autor Mirco Ferri.

En esta ocasión queremos recomendar un libro excelente y contamos con la fortuna de poder entrevistar a su autor, Mirco Ferri. Nacido en Caracas en 1960, hijo de migrantes italianos que parten de Verona a Caracas para asegurarse una mejor vida en el idílico país sudamericano. En su libro La puerta que se abre, nos permite conocer un anecdotario autobiográfico que se fragmenta en personajes, lugares, recuerdos y escenarios políticos, culturales y generacionales que nos permite asomarnos a la época de postguerra en Europa y su conexión con Venezuela, lugar en el que nace y finalmente desarrolla su doble pertenencia cultural.

Hola – Mirco muchas gracias por su tiempo para conversar con nosotros sobre su libro.
Algo que quiero destacar de él es la belleza con la que nos permite tener acceso a las memorias de un Mirco niño que va desarrollando su identidad en su país natal Venezuela, a la vez que lleva en sus genes a la Italia de la postguerra.

Hola – ¿Cómo decide que debe escribir este libro? ¿cómo nace la idea?

MF – El fenómeno de las migraciones es un asunto que me apasiona, por razones obvias, ya que soy hijo de inmigrantes; por lo tanto, siempre estuvo en el tintero, a la espera del momento adecuado para salir. Ese momento llegó cuando mis dos hijas se convirtieron en migrantes, y mi esposa y yo
quedamos solos en una casa demasiado grande para una pareja. Allí fue que terminé de madurar la idea central del libro.

Hola – ¿Es la migración el tema central del libro y el escenario autobiográfico un medio para hablar de ello, o es todo lo contrario?

MF – Nunca me lo había preguntado, pero creo que es el primer escenario. En el fondo, quiero hablar sobre el fenómeno migratorio, y para ello me apoyo sobre mis experiencias y recuerdos.

Hola – ¿Como ocurre este proceso de investigar en si mismo y en los amigos y conocidos de infancia para reunir y amalgamar las historias?

MF – En primera instancia, mi fuente principal de información fue mi propia memoria. Pasé horas y horas escarbando en ella, tratando de extraer información relevante para lo que quería escribir. Luego estaba elmaterial documental: cartas, pasaportes, documentos legales varios, y varios centenares de fotografías que, como en casi todas las familias, sean o no migrantes, se van acumulando con el paso del tiempo. Pasé una importante cantidad de horas recopilando, analizando y clasificando ese material. Después, me apoyé en mi hermana, que vivió la migración en primera persona pues ella había nacido en Italia y vino a Venezuela con apenas cuatro años de edad; sus recuerdos del viaje en barco y de sus primeros años en Caracas están recogidos en el libro. Por último, para rellenar algunas partes de la historia, pude recurrir a los últimos protagonistas que quedan con vida, quienes me aportaron datos muy importantes, que desconocía.

Hola – ¿Opina usted que la memoria propia y la colectiva se mueven entre la ficción y la realidad? ¿qué tan importante se hizo para usted la verosimilitud de los datos?

MF – Es estrictamente así como lo pregunta. Si quisiera computar la proporción entre realidad y ficción, en este libro, tal vez podría hablar de un 70-30, u 80-20 en el mejor de los casos. Dado que hablo de acontecimientos que se desarrollan en un arco de casi cien años, era imposible para mí disponer de toda la información, por lo que tuve que apelar a la imaginación para rellenar ciertos blancos que se me presentaron y necesitaba resolver para lograr la continuidad que quería para la novela. Así que, aunque procuro lograr verosimilitud, muchas veces es producto de la especulación y de mi fantasía. También ocurre que la memoria puede ser engañosa, una especie de espejo deformante, por lo que las cosas pudieron ocurrir de un modo diferente al que tengo almacenado en la mente.

Hola – ¿Estamos ante una novela con tintes autobiográficos donde la verosimilitud se vuelve tan fugaz como un sueño, como los recuerdos de los primeros años de infancia?

MF – Se pudiera decir que es así. De hecho, el prólogo del libro arranca con uno de mis primeros recuerdos, y con una fuerte carga onírica. Los recuerdos y los sueños se superponen para crear un tejido con bordes imprecisos entre la ficción y la realidad. Además, la idealización de ciertos personajes, y la degradación de otros, obedecen a factores meramente subjetivos, tal vez con pocos asideros en la realidad. En estos días conversaba con uno de los personajes que recojo en el libro, y me comentaba que algunos aspectos que narro él los recordaba de manera diferente; y me pareció totalmente lógico.
Después de todo, son cosas que pasaron hace 40 o 50 años, y es muy difícil
que todos las recordemos de la misma manera.

Incluimos en esta entrevista un texto inédito del autor para compartir con nuestros lectores. Muchas gracias Mirco Ferri por permitirnos conocer su obra. Ahora solo nos queda recomendar ampliamente este libro por demás interesante y de ágil lectura.

La generación pivote

La humanidad nunca se ha quedado quieta demasiado tiempo en un mismo lugar. Este es un hecho incontestable, y comprobable por cientos de evidencias documentales, que pueden ser rastreadas hasta los albores de la civilización. El ser humano es, por naturaleza, nómada. Ya sea por curiosidad, o por necesidad, en todos los períodos históricos se han registrado grandes movimientos de masas humanas.

El siglo XX no escapó de ese destino. Y no fue para menos: dos grandes guerras, que por la cantidad de naciones involucradas recibieron el calificativo de mundiales, provocaron grandes estampidas humanas. Sobre todo la segunda, que originó uno de los mayores movimientos migratorios conocidos, en el hemisferio occidental, tanto por magnitud como en intensidad. En unos pocos años, millones de ciudadanos europeos, en su mayoría españoles, portugueses e italianos, cambiaron su geografía por los colores del trópico, los de la pampa argentina, o cualquier otro paisaje americano. Tanto familias completas, como personas en solitario, emprendían la aventura de dejarlo todo atrás e ir en busca de lo desconocido, muchas veces sin dominar siquiera el idioma de la nación escogida para el nuevo comienzo. De todas las edades: niños, adolescentes, adultos, ancianos. Todos tenían algo en común: la desesperación de no poder satisfacer sus necesidades básicas en la propia patria, incapaz de proveerle sustento a toda la población. Algunos con profesión u oficio conocidos, tal vez la minoría. Los demás, a buscarse la vida en cualquier trabajo que les permitiera tanto su manutención personal, como la posibilidad de destinar parte de los ingresos para ayudar a quienes se habían quedado atrás.

Cada migrante tiene su propia historia, que es, a la vez, particularísima y universal. Cambian, si acaso, los pormenores, las circunstancias, las anécdotas. Pero la sustancia suele ser parecida en todas: comienzos muy difíciles, seguidos por el logro de cierta estabilidad económica, alcanzada a fuerza de sacrificios y enormes cantidades de trabajo y voluntad. En la mayoría de los casos, los migrantes constituyeron familias, ya sea con la pareja que tenían antes de emigrar, o con alguien conocido en su nuevo destino. Muchos se casaban a distancia, por procura, o como se le decía coloquialmente, por poder, con la novia que habían dejado en casa. Era una manera de agilizar los trámites para permitir la inmigración de la cónyuge, pues lo habitual era que migrara primero el hombre de la pareja, quien, una vez establecido, tenía la prerrogativa de “llamar” a su esposa. Otros venían ya estando casados, pero solos, en una suerte de avanzada como para tantear el terreno, y luego, dependiendo del éxito de su incursión, procedían a traer a la esposa a la nueva tierra.

Cualquiera que haya sido el método escogido para migrar, el clásico siguiente paso era engendrar una camada de hijos que cargarían con el sino de la binacionalidad: serían criados bajo las costumbres y usanzas de la tierra originaria de los padres, pero se enfrentarían a una realidad distinta, al momento de hacer vida social fuera del hogar. Eran la primera generación de esas familias formadas lejos de la madre patria.

Por lo general, con el afán de mantener contacto con la patria de origen, sus progenitores los inscribían en colegios particulares, en donde la enseñanza se impartía en las dos lenguas. Se establecieron numerosas instituciones que respondieron a esa necesidad. Algunas de ellas incluso ofrecían la posibilidad de matricularse bajo el régimen extranjero, ya que la intención de algunas familias era hacer algo de fortuna, y esperar a que las cosas mejoraran en el otro lado del océano para devolverse. Sin embargo, eso no fue lo más común. La mayoría de los inmigrantes se establecieron en los países de destino, integrándose en alguna medida a la sociedad aunque conservando intactas las tradiciones fundamentales, sobre todo en lo concerniente a la gastronomía, que viene siendo el principal referente cultural. Otro aspecto que trataba de mantenerse vivo era la lengua, o en todo caso el dialecto. El oído se acostumbraba desde la cuna a los sonidos propios de cada nacionalidad.

Otra manera de buscar la seguridad que proporciona el gregarismo fue la creación de centros sociales que reunían a las personas provenientes de un mismo país. En esos círculos, por lo menos en sus inicios, se escuchaba hablar en la lengua  madre (o en el dialecto) casi exclusivamente, y el acceso estaba tácitamente prohibido para los que no gozaran de la nacionalidad que correspondiera en cada caso.

Estos integrantes de la primera generación, entonces, percibían la vida a través de un cristal deformado: por un lado, en el hogar, el colegio o en el club, se sentían como en una sucursal del país de origen. Pero, cuando les tocaba pisar calle, de verdad, veían otra realidad. Y aparecía la necesidad imperiosa de integrarse a esa sociedad que en definitiva sería la que les tocaría frecuentar de por vida. Una vez alcanzado el nivel educativo universitario, ya el mundo anterior se dejaba atrás, y se entraba de lleno en la dinámica nacional, para lo cual tal vez faltaba alguna herramienta social que debía adquirirse lo más rápido posible, so pena de convertirse en un paria.

Con el tiempo, ellos formarían sus propias familias, en las cuales la traza del país de sus padres se haría cada vez más tenue, apenas un recuerdo o un reflejo en alguna costumbre que haya podido quedar viva en la cotidianidad. Todo hacía pensar que esos núcleos familiares se asentarían en los países destino de los inmigrantes, y se reproducirían vigorosamente generación tras generación.

Pero la realidad ha resultado ser distinta, en muchos casos, sobre todo en el venezolano. El deterioro de las condiciones socioeconómicas, la inseguridad, la escasez de productos de la dieta diaria, han castigado con violencia la calidad de vida. En los últimos cuatro años se está viviendo un fenómeno sin precedentes: de ser un país tradicionalmente receptor de inmigración, se ha vuelto exportador de emigrantes. Los datos más conservadores hablan de cinco millones de personas que se han ido del país. Entre ellas, muchos hijos de esa primera generación, que en un porcentaje importante hacen el viaje inverso al de sus abuelos, radicándose en la tierra que había visto partir a sus antecesores hace 60 o 70 años.

Este hecho trae como consecuencia que los miembros de la primera generación queden en una especie de limbo, tanto territorial como sentimental: nacidos en una tierra que no les hubiese correspondido naturalmente, criados bajo unas costumbres distintas a las del país natal, impelidos por la necesidad a integrarse a esa nueva sociedad, ahora se ven solos, lejanos de sus afectos principales, destinados en muchos casos a no verlos más o, a lo sumo, verlos en muy contadas ocasiones. Son como una suerte de pivote, alrededor del cual giran la generación precedente y la sucesiva. Un eslabón que quedará alejado de la cadena a la que pertenece: el eslabón perdido al otro lado del océano.