Corcubión: en el fin del mundo

Allá donde acaba el mundo, se encuentra la villa de Corcubión. En la ría de Corcubión, a pocos kilómetros del cabo de Finisterre (en gallego y oficialmente Fisterra), donde los antiguos romanos habían fijado el fin de la tierra (finis terrae), se puede visitar un pueblo que poco ha cambiado desde la Edad Media. El pueblo de Corcubión tal y como se conoce ahora, empezó a construirse en el siglo XIII, cuando el Reino de Galicia comenzó a adquirir cierta estabilidad y los piratas dejaron de atacar las costas. De esta época datan edificios hoy perfectamente reconocibles como son la iglesia parroquial de San Marcos, patrón de Corcubión; la iglesia de San Pedro de Redonda y el pazo de los Condes de Traba.

Puerto

Hogar de otras naciones

Entre los siglos XVIII y XIX, con el incremento del comercio entre Europa y el continente americano, Corcubión se convirtió en un pueblo muy importante, pues contaba con el último puerto antes de que los barcos se adentrasen en el Océano Atlántico. Por ello, en él se establecieron una gran cantidad de embajadas de otros países como Noruega, Portugal o el Reino Unido. Sin embargo, las migraciones masivas que se produjeron en Galicia durante el siglo XIX sumadas al despoblamiento del medio rural provocaron la pérdida repentina de población del pueblo.

Calles de Corcubión

Un mítico pasado

Aunque el hecho de hallarse “congelado en el tiempo” supone un atractivo turístico en sí mismo, los parajes naturales son la principal razón por la que este lugar recibe tantos visitantes a pesar de estar geográficamente tan aislado. La ría de Corcubión está resguardada, y a pesar de considerarse como Costa da Morte, es decir, Costa de la Muerte, sus aguas en verano son tranquilas para quien le guste la navegación a vela o a remo. Al otro lado de la ría se alza imponente el monte Pindo, que en la época prerromana se consideraba el lugar donde vivían los dioses, algo así como un Olimpo celta. Muchas son las leyendas que rodean a este lugar y que han perdurado hasta nuestros días. El monte está protegido por el espíritu de Lupa, una antigua reina celta que se enfrentó a los romanos y que, según se cuenta por los alrededores, mantuvo un romance con el apóstol Santiago de Compostela.

De hecho, el Camino de Santiago pasa por Corcubión. La reina tenía un ejército de druidas y héroes, cuyos espíritus quedaron atrapados en las numerosas rocas verticales de la montaña. Entre las criaturas mitológicas que habitaban el lugar y que se pueden observar por la zona según los más supersticiosos, están las “mouras”, mujeres de gran belleza con poderes sobrenaturales, las “meigas”, que por lo general son ancianas con conocimientos sobre hechicería y alquimia, las serpientes aladas y muchos más seres fantásticos. Las leyendas locales sobre seres mitológicos autóctonos darían para un libro entero, pero es aconsejable escuchar las historias directamente de los habitantes locales.

Calles de Corcubión
Playa de Carnota

Playa de Carnota

No muy lejos de este monte, se encuentra la playa de Carnota, que según la revista alemana Traum Strände se encuentra entre las 100 mejores playas de Europa. Las aguas son generalmente tranquilas y el baño es placentero tanto en el mar como en las piscinas naturales que se forman con las mareas. No obstante, es necesario prestar atención al parte meteorológico, pues en ocasiones, esa región tiene fuertes corrientes submarinas. El problema es que estas corrientes muchas veces no se aprecian a simple vista y el océano parece estar en calma. Sigan las instrucciones de las autoridades y no habrá ningún problema.

En conclusión, es un lugar que, a pesar de ser ligeramente remoto, ofrece un enorme rengo de posibilidades para turistas que busquen la tranquilidad. Para más información, pueden consultar la página web oficial del ayuntamiento de Corcubión o la página de Facebook de Fillos de San Marcos, en la que los vecinos de todas las edades publicamos fotografías, comentamos hechos acaecidos en el pueblo y narramos las leyendas populares de la zona.

Agradecemos especialmente a Miguel López Gómez, autor del artículo y colaborador practicante de Hola Spanischschule.

La madre de todas las lenguas

Madre de todas las lenguas

El origen del español

Se acerca ya el día de las madres en todo el mundo. En algunos países coincide el día y en otros no, pero cabe resaltar que las fechas suelen ser muy cercanas entre sí. Sin embargo, hay una madre en particular que tenemos muy olvidada de celebrar. Una madre que nos ha acompañado durante siglos y sin la cual la humanidad completa estaría perdida. Estamos hablando de la madre de todas las lenguas, o al menos de todas las que nuestra civilización occidental contempla. 

En busca de las raíces

Es muy difundida la idea de que el español al ser una lengua romance, tiene el mismo “parentesco” lingüístico que todas aquellas lenguas que derivan del latín. Sin embargo, cabe destacar que el latín también tiene un origen. Nuestro alfabeto, así como nuestros signos numéricos, provienen de una región ancestral de la que se cree, que deriva prácticamente todo nuestro origen lingüístico. Y muchos no se imaginan, pero estamos hablando de la región indoeuropea.  

Bueno y ¿qué es este concepto y que tiene que ver la región de la India en todo esto? Pues resulta ser que en el siglo XVIII un lingüista llamado William Jones, notó lo que durante siglos algunas personas habían pasado por alto. Similitudes entre lenguas tan antiguas como el latín, el sánscrito y el griego antiguo sólo tenían una explicación razonable: provenían de la misma rama familiar lingüística. De ahí deriva nuestro antecedente más rastreable. Un tronco común que está más allá de la derivación lingüista de las lenguas romances.

El concepto de la filología indoeuropea incluye también la indogermánica e incluso lo indocelta. Es decir, estamos hablando de la verdadera madre de todas las lenguas. Y aunque este concepto se utiliza a veces de forma indistinta, no debemos dejarnos llevar por la emoción y perdernos la distinción de lo que los expertos lingüistas que nos antecedieron, nombraron como indogriego, pues esta referencia, posterior a la muerte de Alejandro Magno, y de la que debe su origen, atañe a otra época histórica con motivos y resoluciones distintas.  

Naturalmente, esta teoría filológica, tiene sus detractores, y por buenas razones. No obstante que todo parece indicar que el comercio, las guerras y las conquistas, expediciones, y demás accidentes históricos, de choque sociocultural; así como la expansión del ser humano entre los territorios que recorrió a lo largo de miles de años entre el subcontinente indio y Europa, hace que la consecuencia más obvia sea la de satisfacer la necesidad de comunicarse. No en vano hemos poblado la zona durante miles de años, sin las restricciones que nos representaba el mar en la antigüedad. Nuestra necesidad de socializar siempre tiende a dejar un rastro que los arqueólogos del idioma, como Giovanni Semerano, han descubierto.

Todo suena muy bonito, pero ¿cómo podemos ver todo esto en nuestro idioma? Bueno, pues aún existen muchas palabras cuya raíz indoeuropea se asoma a la menor provocación. Un buen ejemplo es la palabra “nariz”. Su raíz indoeuropea es hnehs. Y esto deriva de la siguiente manera hasta nosotros: nasus (latín), Nase (alemán) , nosis (ruso) y nasa (sánscrito). 

Esto es solo una prueba más de nuestro origen común, y ni siquiera es el más antiguo de todos. Así que aprender otro idioma que realmente está emparentado con nuestra lengua materna, no es tan difícil como se puede creer. ¡Feliz día de las madres a nuestra gran madre de la lengua!